Los agricultores no cobran de por vida por una hortaliza consumida
Un día se me abrió el apetito de escribir un libro. La historia estaría basada en la idea de que si viajáramos continuamente hacia el este, ganaríamos una hora de tiempo al día con respecto a la agujas del reloj (ya decía Albert Einstein que el tiempo es relativo; y según Stephen Hawking sólo se le puede ganar la batalla superando la velocidad de la luz). Pero, ¡vaya!, ya estaba escrito: La vuelta al mundo en 80 días. Así que me comí una manzana.
La polémica que genera el canon por el préstamo, el canon digital, el canon en general (ya salió la máquina de reproducir documentos en papel con el nombre, adelantando el conflicto) genera opiniones en sentidos muy opuestos.
Cada autor recibe la cifra vitalicia del 10% de los beneficios que generen las ventas de su libro. Si es un escritor de renombre, puede llegar a alcanzar el 40% de las ganancias de su libro, una inversión a muy largo plazo.
Los editores no son más que un eslabón de la cadena, donde el engranaje lo forman y conforman los publicitarios (recordar que la publicidad maneja cifras exorbitantes), los distribuidores, y los vendedores (grandes centros comerciales o pequeños libreros).
¿Cómo enlazamos los bibliotecarios en esta industria —ya que no es otra cosa que producción—? Desde siempre, hemos sido los defensores, en el anonimato, de la cultura; los señores templarios del saber, que, en lugar de vender, difunden conocimiento de manera altruista. ¿Hay que alquilar, ahora? Desde el punto de vista del marketing, somos publicitarios, y ¿qué publicista tiene que pagar por hacer publicidad en lugar de cobrar? ¿Tienen que pagar las revistas de música por hablar de los grupos musicales?
¿Venderían los autores sus libros si no estuviesen editados, distribuidos, publicitados?
Una de las comparaciones que se está haciendo en esta polémica es con el sector automovilístico (“Ojalá los libros fueran coches”, he leído). Pero esa actividad empresarial mueve mucho más dinero que el que nos atañe. ¿Y si, en lugar de bibliotecarios, fuésemos agricultores, donde la diferencia entre el coste de la materia prima y el producto final es considerablemente desproporcionada? Y no olvidar que las hortalizas son un bien perecedero. Y sin duda comemos más hortalizas que libros leemos.
La Feria del Libro de Madrid, organizada por el Gremio de Libreros de Madrid, en colaboración con la Asociación de Editores de Madrid y la Federación de Asociaciones Nacionales de Distribuidores de Ediciones, recauda, a lo largo de las dos semanas que suele durar, una media de 10 millones de euros, y el balance positivo se incrementa cada año en un 7% aproximadamente. El total de los libros vendidos a lo largo de un año supera los 400 millones de euros, y entre los compradores se encuentran, por supuesto, las bibliotecas.
Durante una presentación de su libro en la carpa de las Tres Culturas, en la Feria del libro de 2003, tuve la ocasión de preguntar a Alberto Vázquez-Figueroa, que había hecho comentarios poco halagüeños sobre los premios Planeta, qué opinión le merecían los editores. Su respuesta fue: “Mi editor es mi mejor amigo”.
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¿Ha incluido ya en la coletilla de sus correos electrónicos la observación de que para la fabricación de cada tonelada de papel se requiere la tala de quince árboles? 


