Presentación de “Autodidactas en bibliotecas”, Primer Premio de Ensayo SEDIC “Teresa Andrés” 2009

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De primeras, quisiera agradecer a todos ustedes por acompañarnos en este acto.

Quisiera agradecer a SEDIC, por el tipo de premio que han promovido, que impulsa la investigación relacionada con la función social de la biblioteca. A las empresas (Baratz, Doc6, Normadat, Sibadoc, SirsiDynix, Trea) que han colaborado para hacerlo posible. A los miembros del jurado por su labor desinteresada.

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Quiero agradecer a todos aquellos que me acompañaron cuando redacté el texto y que hoy geográficamente están lejos.

Y permítanme cerrar esta ronda de agradecimientos haciéndolo a todos los que posibilitan ese milagro llamado Educación y Biblioteca.

Para realizar este libro emprendí un largo viaje por la historia de las bibliotecas, por la historia de la lectura. Iba buscando lo que las bibliotecas han contribuido a la autoformación de las personas que a ellas acuden

  • bien porque no tienen recursos económicos para pagarse una formación que desde el mercado se les oferta;
  • sea porque no disponen de tiempo para asistir a unos cursos con unos horarios marcados;
  • o porque en su época escolar no embonaron con los usos y costumbres de las instituciones de enseñanza, del aprendizaje grupal.

En ese viaje,

vi que era necesario romper con el estereotipo que del autodidacta manejamos (aquel que en un rincón aislado se inicia en unos autoaprendizajes) y ampliar su imagen; resaltar que muy frecuentemente en las historias de autodidactas hay un encuentro, encuentros decisivos: está el grupo familiar, colegas de trabajo, amigos, gente que se cruza en el camino; con suerte, el bibliotecario.

Vi que la figura del autodidacta es polimorfa, como la oruga y la mariposa. Que en un momento concreto de nuestras vidas todos somos autodidactas. Que a lo largo de la vida van encabalgándose y alternando el aprendizaje grupal, guiado, el aprendizaje por la experiencia, las prácticas autodidácticas. Que ha habido y hay un autodidactismo clásico, por algunos especialistas calificado como “aristocrático” (aunque haya sido el camino cursado por miles de trabajadores), escogido, puro, individual, minoritario. Y que hoy cobra mayor relevancia un autodidactismo etiquetado como “proletario” (impuesto por las condiciones de vida), donde el deseo ha sido sustituido por la necesidad; donde la alegría, la sed voluntarista de aprender ha sido sustituida por un utilitarismo derivado de un contexto laboral duro, áspero, competitivo.

Vi que el autodidacta viene de lejos, de la noche de los tiempos, y que hoy sigue aquí.

Como bibliotecario, en este viaje,

vi que aquellas bibliotecas públicas que nos son modélicas (escandinavas, anglosajonas) tenían una de sus patas en la educación popular, en la educación permanente, en el autoaprendizaje de los ciudadanos, y que en ello persisten.

Vi que nuestros ancestros bibliotecarios, Teresa Andrés, Juan Vicens, María Moliner, las Misiones Populares del maestro Cossío, los ateneos anarquistas, abrían bibliotecas para aquellos que nunca habían sido sus destinatarios, para aquellos que por siempre habían sido excluidos del acceso a los bienes culturales, a los bienes públicos, al libro.

Vi que cualquier manifiesto bibliotecario mencionaba la figura del autodidacta pero que esa mención, entre nosotros, era casi siempre ignorada.

Vi que la sociedad española, y por tanto sus bibliotecas públicas, tiene un problema: hemos sido moldeados para identificar educación con escolarización. En España, a diferencia de otros lugares, no se entiende que pueda haber un proceso educativo sin diplomas, sin exámenes, sin un maestro que recita una lección y unos estudiantes que toman apuntes de su palabra para restituirla lo más fielmente posible el día del examen.

Vi que una educación sin escolarización en España se entiende como una subformación, se la desdeña.

En fin, que sin diplomas no hay paraíso.

Vi que, al igual que otras instituciones, la biblioteca pública está en un momento de profunda transformación. Y que si muchos optan por equiparar a la biblioteca pública con un centro de información, yo la equiparo más con un centro de formación, con una institución educadora (lo que no significa escolar).

Amigos, esto es lo que vi en este viaje.

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Para terminar, quiero decir a SEDIC, aquí representada por su presidente, y ante ustedes como testigos, que para mí siempre será un honor haber merecido un premio que lleva el nombre de la bibliotecaria Teresa Andrés.

Ramón Salaberria

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