El año nuevo, cuya llegada todos anhelábamos con la pretensión, quizás un poco infantil, de que borrara todo lo penoso del año que despedíamos, ha dejado patente desde el principio que los acontecimientos siguen su curso al margen de nuestros planes y deseos. En mitad de la tremenda tormenta que asolaba España, otra terrible noticia nos dejaba estupefactos y devastados. La partida repentina de nuestro querido amigo y colega Miguel Díaz Mas.

Miguel era un archivero poco común. En nuestra generación, la de quienes rondamos por arriba o por abajo los 50, la mayoría de profesionales en gestión documental proveníamos del entorno de la Historia. Él, además, se había formado en la célebre Escuela Taller del Ministerio de Cultura. Lo cierto es que, bien pensado, ese nombre tan artesanal le iba como anillo al dedo a Miguel que, a su pasión por la profesión, se unía su pasión por lo manual, en concreto por la encuadernación.

Si venía de un perfil tan clásico, entonces ¿en dónde residía su singularidad? Pues en que, mientras que para la mayoría de nosotros fue un proceso de adaptación doloroso el pasar de imaginarnos trabajando entre diplomas medievales (su especialidad, por cierto) a vernos rodeados de ordenadores y documentación administrativa, él destacó desde el principio por su habilidad y entusiasmo con todo lo relacionado con la informática y lo electrónico. No en vano su trabajo ha sido fundamental en la puesta en marcha de proyectos como el Censo y Estadística de Archivos, la Base de Datos de Autoridades, la implementación del sistema ICA-AtoM y otros tantos proyectos, además de socorrernos continuamente a los compañeros con nuestra lucha con aplicaciones, bases de datos, políticas de gestión de documentos electrónicos, metadatos y los ultradatos

Todo ello en la Comunidad de Madrid, ámbito en el que trabajó casi toda su carrera, siguiendo un largo recorrido, empezando con contratos de asistencia técnica, pasando por un larguísimo interinaje, y culminando brillantemente con un merecidísimo número 1 en sendas oposiciones, las del cuerpo facultativo y de ayudante.

Y esto también fue una singularidad. Porque quienes conocíamos a Miguel sabíamos que tenía las mismas probabilidades de ejercer en Madrid que en cualquier otra parte del mundo, tenía vocación verdaderamente internacional. Hizo sus tentativas en Francia, en Bélgica, en el seno de la Unión Europea, residió dos años en Filipinas, participando en el Programa de Modernización de su Archivo Nacional, realizó el Stage Technique International d’Archives en París, viajó a Guinea Ecuatorial, donde participó en un proyecto de asesoramiento a su Archivo Nacional, dio un conferencia en Marruecos, en el Día del Archivo Nacional, y en los últimos tiempos, vía on line a causa de la pandemia, había dado clase a los trabajadores del Archivo Histórico de la Policía Nacional de Guatemala. Para Miguel, la archivística, como la vida, no tenía fronteras.

Cuesta creer que tengamos que seguir sin él.

No son solo sus valores profesionales los que nos han dejado esta sensación de desamparo, sino los personales. Conferencias en otros idiomas, presentaciones en congresos, preparación de cursos, publicaciones, oposiciones eternas. Miguel no perdía la calma. Huía del bullicio y de la agitación. Cuando los demás nos enardecíamos ante los contratiempos o desavenencias presentes en la vida de todos, él intentaba un, venga, vamos. Y si veía que su mensaje no calaba, simplemente se apartaba dejándonos sumidos en nuestro tumulto.

No por ello dejaba de ser cálido, afable, cariñoso. Y generoso. No recuerdo que negara jamás una petición de ayuda. “Vamos a ver”, e intentaba explicarte con nada fingida paciencia. Y si tu nivel de ignorancia o nerviosismo era tal que una explicación concisa no bastaba, entonces ¿puedo bajar? Porque él estaba en la planta más alta. Pero nunca dijo: “anda, sube”, decía “¿puedo bajar?” Con increíble humildad y solicitud, como si no te estuviera haciendo un favor, favor que nunca se cobraba, que no te hacía sentir mal, sin darse importancia, pero tampoco quitándosela a lo que hacía.

Disfrutaba de la vida sin ansia, dijo quien le conocía bien el día que fuimos a despedirle. Y no podría haber definición mejor para él. Su pasión por el francés, por el arte, los libros, la fotografía, los paseos por el campo, la encuadernación, la buena comida, su familia felina, el yoga en el último año de pandemia… Por todo mostraba una entrega y una pasión contagiosa. Y sin embargo, todo lo hacía con mimo, con cuidado, con calma. Tenía un azulejo enfrente del ordenador de su casa, donde le sorprendió la muerte (trabajando), que dice: Tot mens apurarse. Bien que te has apurado a la hora de irte, Miguel.

Cuesta creer que tengamos que seguir sin ti.

Y sin embargo… Si fuéramos capaces de alguna manera de heredarte, de trabajar constante y calladamente, de no quedarnos anclados en lo que ya dominamos sino seguir avanzando por los caminos nuevos de la profesión, de compartir nuestros conocimientos sin herir la sensibilidad de nadie, de alejarnos del ruido vacío, de dedicarle a cada cosa su tiempo sin ir saltando de un lado a otro, de poner cariño y dedicación en lo que hacemos… Si fuéramos capaces de incorporar algo de esto en nuestras vidas, seguiríamos contigo.

No puede haber vida mejor aprovechada que la que se ha vivido con plenitud y disfrute, y la que ha dejado huella en los demás. Ambas cosas hizo Miguel. Sé lo que quieras ser, le vi escrito en alguna aplicación. Yo quiero ser un poco más Miguel. Ojalá no te olvidemos nunca.

Blanca I. Bazaco Palacios