Agradezco el ofrecimiento de Yolanda de la Iglesia, presidenta de SEDIC, para hace algunos comentarios que me han surgido a raíz de la interesante actividad llevada a cabo el lunes, día 13 de junio, mediante videoconferencia, titulada “Españoles en la IFLA”, una actividad que me gustó mucho y doy la enhorabuena a los y las profesionales participantes por su trabajo y la claridad de sus presentaciones, a pesar de la drástica limitación de tiempo.

He de decir que si algunas de las personas que intervinieron se consideraban prehistóricas porque habían iniciado su andadura en la IFLA en los primeros años del siglo XXI, yo me inscribo en el período de los dinosaurios, pues asistí a mi primera IFLA en 1987. Mi participación activa se inició en 1989, en el Comité de Bibliotecas Universitarias y otras Bibliotecas de Investigación en 1989, continuando luego en el Comité Editorial de IFLA Journal, del que llegué a ser presidente y, como tal, miembro del Comité de Publicaciones de la IFLA hasta 2005. Más tarde, aún asistí por delegación de REBIUN al congreso de Helsinki, en 2012, donde, por cierto, pude coincidir con Isabel en el interesante taller que organizó con su Sección en la Biblioteca Nacional de ese país. A Santi lo tenía visto de antes, pues creo que compartimos era geológica y era persona muy conocida, aunque, como todos, con menos canas.

Invito, por curiosidad, a los lectores a que lean el monográfico que El Correo Bibliotecario dedicó en 2006 a la presencia española en IFLA. Podrán ver la intensa actividad que se desarrollaba y que muchos de los problemas, virtudes y elementos que se citaban en la reunión del día 13 son iguales o similares.

 He echado de menos saber cuál es la presencia real de españoles en particular y del mundo hispánico en general en la IFLA, más allá de las personas participantes. Creo que el “caucus” hispanohablante sigue activo. Siempre fue un buen instrumento de encuentro, de información compartida, de presión (moderada) y de apoyo para quienes se incorporaban por primera vez a la IFLA.

 La IFLA es una organización casi centenaria que, a pesar de los pesares, sobrevive en un momento que no es el mejor para las organizaciones internacionales y no gubernamentales de ámbito global. Pero sobrevivió a otras crisis mundiales, como la II Guerra Mundial, y a la Guerra Fría, así que podemos tener IFLA para rato.

No obstante, mantiene una herencia organizativa anticuada que cada vez choca más con los cambios sociales y tecnológicos actuales y a los que le cuesta adaptarse. Ya tuvo otros momentos de cambios organizativos en los años noventa del siglo pasado, producto de los cuales fueron, si dejar la vertiente más técnica de las Divisiones y Comités Permanentes, su enfoque centrado en los programas vinculados a la defensa de la libertad de información y expresión, los derechos de autor y la preservación y, más tarde, la apuesta decidida por los ODS, que tan bien supo liderar Gloria Pérez-Salmerón durante su presidencia.

Los congresos de IFLA son muy caros y es difícil justificar la condición de presencialidad en estos tiempos, no solo por la pandemia, sino porque siempre han sido una barrera casi insalvable para profesionales de fuera del primer mundo. Basta con ver las listas de asistentes para comprobar que la presencia de profesionales africanos y de un número importante de países asiáticos y latinoamericanos ha sido siempre muy minoritaria, a pesar de algunas ayudas facilitadas por asociaciones occidentales. Hubo incluso un tiempo en que se debatió seriamente espaciar los congresos cada dos años.

Mantener un formato presencial, largo, caro y anticuado no es, por tanto, el mejor incentivo y menos con la agilidad y ventajas que proporcionan los medios electrónicos. Así lo están entendiendo otras organizaciones, por ejemplo, LIBER, que, sin renunciar a los encuentros presenciales, mantiene el grueso de su actividad por medios telemáticos.

También ha cambiado la esencia de la organización. Se asocia a la IFLA como el gran foro del que salen las normas y estándares para todo el mundo bibliotecario. Es así, pero no tanto. Hubo un tiempo en que todas las normas pasaban por la IFLA, donde se daba el pistoletazo de salida. Pero desde la llegada del mundo electrónico todo es más difuso y está fuertemente vinculado al éxito de implantación de tecnologías comerciales, lo que todavía aísla más a los países sin recursos.

Al igual que las exposiciones comerciales se han reducido notablemente (nada que ver con aquellas de los congresos de París o Barcelona), la IFLA no parece ser el foro preferente para la presentación de primicias. Así lo pude comprobar en Helsinki, donde OCLC presentó algunos importantes estudios que ya se habían tratado en el congreso de LIBER el año anterior.

¿Es importante la IFLA? Por supuesto y más que nunca, precisamente porque el mundo de las bibliotecas es grande y diverso, porque hay que cerrar la brecha digital, porque como profesionales debemos seguir actuando conforme a unas bases y principios comunes, que no solo son tecnológicos y normativos, sino también éticos y democráticos.

¿Merece la pena asistir a los congresos de la IFLA? Por supuesto, si se trabaja en un Comité no solo merece la pena, sino que es obligatorio. Trabajo nunca falta y las posibilidades de acción son múltiples y diversas. Es un lugar para las relaciones públicas, para buscar modelos y colegas con quienes llevar adelante proyectos y compartir experiencias. La libertad es total, pues una vez miembro de un comité, se está en calidad de profesional experto y no en representación de nadie, institución o país, aunque siempre haya política detrás. Pero sobre todo se requiere una buena dosis de proactividad e idealismo, no muy diferente de lo necesario para trabajar en una asociación bibliotecaria en España.

Pero tampoco quiero contar mucho más porque ahora estoy publicando una serie de episodios sobre las asociaciones profesionales en las que he trabajado en Tirabuzón, el blog de la Biblioteca de la Universidad de Zaragoza, bajo el título Batallitas de un Bibliotecario, y no quiero ser “spoiler”. Por cierto, el año pasado publiqué una historia sobre lo que ocurrió en el congreso de la IFLA en Moscú, en 1991, 30 años antes de que los tanques rusos se lanzasen a destruir todo los que se les pone por delante en Ucrania. 

Ramón Abad Hiraldo

Ramón Abad Hiraldo

Bibliotecario jubilado del Cuerpo Facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos

 

Correo: rabad@unizar.es

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