«El exilio interior», la biografía de María Moliner que desmonta algunos tópicos

Hasta la publicación de este libro, y salvo honrosas excepciones, la imagen que predominaba de María Moliner era la de mujer más o menos convencional, anodina casi, que sin embargo había creado prácticamente en soledad una obra enorme y magnífica: el Diccionario de uso del español (DUE). Nada más lejos de la realidad. Como la autora de esta minuciosa biografía nos demuestra, hace falta tener una personalidad cuando menos especial para proponerse tamaño empeño y sacarlo adelante tras quince años de trabajo ininterrumpido.

No es que Inmaculada de la Fuente se detenga especialmente en ello. Pero en su ardua labor de investigación, que comienza con el nacimiento de Moliner en 1900, y a lo largo de toda su obra, recientemente editada por segunda vez, deja algunas pistas sobre esta cuestión, unas veces con los testimonios directos de quienes la conocieron, otras analizando cartas y escritos de la interesada.

Para empezar, Moliner fue una joven resuelta. Había nacido en el seno de una familia acomodada, pero la temprana ausencia del padre hizo que toda su familia -madre y dos hermanos- pasara continuos apuros económicos. La joven María sacó el bachillerato y la carrera de Filosofía y Letras (rama de Historia) a saltos, matriculándose muchas veces por libre y dando clases particulares a otros alumnos desde bien pequeña. Optó por estudiar Historia, en vez de Lengua y Literatura, porque en Zaragoza, ciudad a la que había vuelto la familia, no existía dicha posibilidad, y en cuanto pudo opositó al Cuerpo Facultativo de Archiveros y Bibliotecarios para tener unos ingresos fijos.

Ese fue el comienzo de una carrera que la llevó, en sucesivas etapas, a Simancas, Murcia, Valencia… Lugares todos que la alejaban de su ansiado destino en Madrid, pero que a cambio le dieron una vida familiar de la que siempre disfrutó. En Murcia conoció a quien sería su marido, el científico Fernando Ramón, y en Valencia nacieron sus hijos pequeños. En esta última ciudad, durante la guerra, fue una pieza importante de las Misiones Pedagógicas y creó una fructífera red de bibliotecas, pero al acabar la contienda sufrió la depuración: María Moliner hubo de volver a su antiguo trabajo de archivera de Hacienda y con muchos niveles menos en el escalafón. Su proverbial capacidad de resistencia se puso a prueba entonces, como antaño, y también la de disfrutar de pequeñas cosas (las plantas, los amigos), y de ese mundo secreto y excitante que era el lenguaje y al que llevaba entregada desde su adolescencia.

Cuando logró el ansiado destino en Madrid, en la biblioteca de la Escuela Técnica Superior de Ingenieros Industriales, tenía 46 años. Sus hijos ya eran mayores, y ella sintió más fuertes que nunca las viejas ansias por tener una carrera, por investigar, o, como ella mismo dijo, “la melancolía de las energías no aprovechadas”. Solo una persona con mentalidad de pionera, fuerte, tenaz, apasionada y práctica, muy práctica, podía hacerlo. ¿Que muchos tienen la imagen de ama de casa que elabora sus fichas con su vieja Olivetti en la mesa de la cocina? Craso error, como confirma De la Fuente. Se ocupaba de organizar lo doméstico, sí, pero delegaba, como tantas mujeres ahora. De ahí a imaginarla sin más preocupaciones que la casa o la cocina va un trecho. Es cierto que no tenía despacho propio y que, en sus veranos en la Pobla de Mont-roig (Tarragona), gustaba de utilizar la gran mesa del cenador para trabajar en el diccionario, mesa que, cuando llegaba la hora de las comidas, quedaba momentáneamente libre de fichas y catálogos. Pero lo que verdaderamente llama la atención no es eso, sino que esa febril y minuciosa tarea la combinara, hasta el día de su jubilación, con su trabajo en la biblioteca de Ingenieros.

Del mismo modo, a veces, en el pasado, se ha resaltado que Moliner no solía maquillarse y que era sobria en el vestir. Pues bien: eso no cuadra con algunos testimonios que De la Fuente recoge en su biografía, como el de la sobrina que la recuerda siempre “bien vestida y guapa”, o los que dicen que llamaba siempre la atención y que imponía. Probablemente fue, como dice la autora de El exilio interior, una mujer que quiso envejecer con dignidad.

Más reveladoras de su personalidad son, a mi modo de ver, las pinceladas sobre el sentido del humor de Moliner, “socarrón, baturro”, o su manera de caminar (“Llegaba con la cabeza por delante, abriéndose camino”), en tanto revelan mucho más de la lexicógrafa. O cómo encajó que la Real Academia Española no la eligiera en 1972: mirando hacia adelante en cuanto pudo. Naturalmente, la procesión iría por dentro, pese a alguna carta que aquí se recoge y en la que Moliner parece demostrar que no pasaba nada. Pero lo cierto es que Doña María no se permitió venirse abajo y que siguió trabajando para mejorar y añadir cosas a su Diccionario incluso una vez publicadas la primera y la segunda edición. También que cuando Rafael Lapesa y Pedro Laín le hablaron de intentar de nuevo su candidatura, un poco después del primer y fallido intento, Moliner se negó.

Hay otro hecho que tampoco pasa por alto la biógrafa: la autora del DUE fue una adelantada a su tiempo en cuanto a la relación que tuvo con su esposo, pues ambos ejercieron “una igualdad profesional poco común entonces”.  No hay duda del importante papel que el catedrático Fernando Ramón jugó en la vida de la bibliotecaria, sobre todo en unos tiempos tristes y de obligado “exilio interior” para muchas personas, pero no es menos cierto que la monumental obra se debe a la privilegiada mente de María Moliner, a su tesón, a su formidable esfuerzo y también al placer que le proporcionaba.

Debemos felicitarnos, pues, por la publicación de un libro que trae de nuevo a la actualidad a María Moliner, que pone en su sitio algún que otro tópico y que, aun ahondando en su formidable personalidad, acentúa también su misterio.

Dolores Conquero

Periodista y escritora.
Su último libro es Amores contra el tiempo (editorial Planeta).

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