Koha, Koha, Koha, te necesito Koha… KohaFerence 2019

Después de dos encuentros sobre el gestor de bibliotecas Koha, organizados por la biblioteca de creación Ubik en Tabakalera (Donosti/San Sebastián) en 2015 y 2017, la Universidad de Cádiz ha tomado el relevo en 2019 para organizar en la magnífica ciudad de Cádiz el tercer encuentro Koha, los días 21 y 22 de marzo.

Alrededor de 90 personas, procedentes de diversas comunidades autónomas del Estado  español, así como de Francia y Argentina (videcoferencia) tuvieron la ocasión de ver experiencias y trabajos realizados en distinta tipología de centros (administración, empresas, universidades, centros de enseñanza…) .

El primer día estuvo dividido en dos bloques, “Koha en el mundo”, donde las veteranas francesas de la Universidad de Lyon y la Biblioteca Universitaria de Lenguas y Civilizaciones  (BULAC) de París nos mostraron sus nuevos proyectos con este programa y cómo han ido adaptándolo a sus necesidades. También Tomas Cohen desde la Universidad Nacional de Córdoba en Argentina nos habló de cómo estaba estructurado el equipo fundador y de mantenimiento de Koha, en qué están trabajando ahora los desarrolladores: (ElasticSearch), préstamos interbibliotecarios, búsqueda integrada… y los desafíos que tienen por delante.

Para terminar este apartado, Miguel Ángel Calvo (Xercode) y Cristina Gareta (Scanbit) nos comentaron las integraciones y desarrollos de Koha en España. Junto con la empresa Orex, fueron las tres empresas patrocinadoras de este evento, siempre dispuestas a explicar algún asunto pendiente durante el congreso.

El segundo bloque, dedicado a las experiencias,  pudimos apreciar una gran diversidad de proyectos: catálogos colectivos como el Catálogo Colectivo de Ciencias de la Salud, la sorprendente Red de bibliotecas escolares de Altabix en Elche,  RedBa: la primera Diócesis de la Iglesias en red, nuevos desarrollos y aplicaciones que mejoran Koha como Bibliomaps y Bibliobooks, y los avances y acicalamientos que están llevando a cabo las maestras referentes como Ubik, Universidad Pontificia de Salamanca y la anfitriona Universidad de Cádiz.

Ya en el segundo día, tuvimos la oportunidad de elegir un taller (difícil cuestión, dado el gran interés de los tres): Minería de datos en Koha: creación de evidencias y apoyo a la toma de decisiones en entornos bibliotecarios, realizado por Francisco Javier Martín y Antonio Alonso  de la Biblioteca de la Universidad Europea de Madrid; Tratamiento de los ejemplares a través de Koha: parte descriptiva, explotación de los datos y desarrollo para su visualización por José Luis Rodríguez  de la Real Biblioteca del Palacio Real y Hugo Agud de Orex y Plugins KOHA o cómo añadir apps a tu sistema de gestión de bibliotecas por Cristina Gareta de Scanbit.

También pudimos disfrutar de una sesión de pósters realizados por la Universidad de Cádiz, que mostraban diversos aspectos de la gestión del programa y el proyecto Red de Bibliotecas de Parques Nacionales presentado por el Centro Nacional de Educación Ambiental (CENEAM) del O.A Parques Nacionales.

Antes de pasar a la comida, se hizo un resumen de toda la jornada y Ricardo Chamorro, Subdirector de la Biblioteca de la Universidad de Cádiz  pasó el testigo (la farola de Cádiz) a José Luis Rodríguez,  del Palacio Real de Madrid, que será el próximo organizador para el 2020.

Con el canto de este improvisado himno “Koha, Koha, te necesito Koha…”creado en la última comida por parte del personal  de la Biblioteca de la Universidad de Cádiz,  (ojú, cuanto arte y gracia tienen, además de ser unos excelentes profesionales) acabamos este estupendo y necesario Congreso KohaFerence en la maravillosa y libre ciudad de Cádiz.  Gracias a todo el personal de la biblioteca y de la universidad que tan bien dirigido ha estado por la elegante Aurora Márquez. Podéis encontrar todas las comunicaciones, talleres y pósters en el programa del 2019 KohaFerence

Cuatro Siglos de noticias

Los socios de Sedic recorrieron durante una tarde “Cuatro siglos de noticias en Cien Años” en la Hemeroteca Municipal de Madrid-

En la Sala 1 de exposiciones del Centro Conde Duque se puede visitar hasta el 7 de abril (prorrogado) esta muestra que abarca cuatrocientos años de prensa, custodiados por la Hemeroteca Municipal, y que en el centenario de su creación se pone a disposición de aquellos visitantes interesados en conocer la historia de los principales periódicos y revistas, tanto nacionales como extranjeros. La creación de la Hemeroteca Municipal tuvo lugar en 1918, y estuvo localizada en primera instancia en la Casa de la Panadería, en la Plaza Mayor, pasando en 1922 a la Plaza de la Villa para ubicarse definitivamente a partir de 1983 en el Cuartel de Guardia de Corps, actual Conde Duque.

Conserva un rico fondo que abarca desde el siglo XVI hasta nuestros días, siendo su origen geográfico diverso, aunque predominan las publicaciones de Madrid y Barcelona, así como el tipo de material relativo a la cultura escrita.

La visita guiada para socios de Sedic del pasado miércoles 20 de marzo tuvo como cicerone a María Luisa Concejo Diez, que supo transmitir su pasión por la diversidad y calidad de los materiales expuestos, explicando y atendiendo todas las dudas surgidas.

 

El discurso expositivo de la muestra realiza un recorrido histórico desde las primeras publicaciones periódicas conservadas en la Hemeroteca desde el siglo XVI y XVII, que fueron transformándose en relaciones de sucesos y gacetas, como La Gaceta de Madrid (1661), que se convirtió en el actual Boletín Oficial del Estado y cuya colección histórica también pueden consultarse a través de la página web del BOE.

En el siglo XVIII aparecen recopilaciones tan curiosas como El duende de Madrid: discursos periódicos (1787), con ilustraciones de trajes de la época, que daba noticia sobre la reforma del traje y del lujo de las damas españolas. Se puede hablar durante este siglo de prensa ilustrada, no solo por la frecuente aparición de imágenes que incluían las publicaciones sino por su contribución a la diseminación del conocimiento de la época.

 

Ya en el siglo XIX, centuria de grandes transformaciones técnicas, políticas, económicas y culturales, conformaron un nuevo tipo de prensa. Los periódicos y revistas aumentaron su tirada gracias al aumento de suscriptores y se convirtieron en objeto de coleccionismo en los hogares españoles.

Desde las primeras décadas del siglo XX se notó un cambio importante en el tipo de prensa, que dejaba atrás el modelo decimonónico anterior, debido sobre todo a las grandes contiendas mundiales. Surgieron nuevos tipos de periódicos y revistas dedicadas al cine, la fotografía, etc., algunas lograron sobrevivir y se trasformaron en los años siguientes y otras desaparecieron con la llegada del siglo XXI.

En la actualidad la Hemeroteca continua con su labor de conservación, difusión y apoyo a la investigación a través de la consulta de sus fondos in situ, aunque poco a poco se pueden realizar consultas de sus ejemplares a través de la colección digital disponible en Memoria de Madrid. Un ejemplo es la revista Cosmópolis (1927-1931).

Final de la visita

 

 

 

María Lejárraga, una mujer de teatro. De la sombra a la luz

María de la O Lejárraga es nacida en San Millán de la Cogolla (La Rioja) en 1874, pero criada en el pueblo madrileño de Carabanchel.

Por la época, Carabanchel era también zona de vacaciones; allí la familia de Gregorio Martínez Sierra veranea y es donde los jóvenes se conocen. Ambas familias son de clase media, pero de costumbres distintas. En la de ella todos eran ávidos lectores y los libros de ciencia –su padre era médico- y literatura –su madre había recibido una finísima educación francesa- abundaban, mientras que en la de él  se respiraba un infatigable espíritu empresarial transmitido por generaciones.

Se casan el 30 de noviembre de 1900, con apariencia de casamiento precipitado y juvenil.  “A los veinte años, inesperadamente, se casa Gregorio Martínez Sierra… La chica se llama María de la O Lejárraga, y es profesora de idiomas en una academia de señoritas, donde enseña francés, inglés y ruso” (Goldsborough Serrat, 1965).

María cuida y mima a Gregorio como una madre, pues es casi siete años mayor; también le alienta y apoya, ve  con sus ojos, piensa con su mente. Pero poco duró la felicidad del matrimonio tras la aparición en 1906, de la joven actriz Catalina Bárcena. Desde entonces, muchas humillaciones tuvo que sufrir María: “…al recorrer las horas pasadas siento rabia contra mí misma por las muchísimas que he desperdiciado en sufrir por amor…” escribía ya anciana a su amiga María Lacampre, en una carta fechada en marzo de 1948. 

Aun pudiendo haberse divorciado en 1931, cuando las Cortes Republicanas legislaron el divorcio por primera vez en España, nunca se separó de él, ni emocional, ni literaria, ni económicamente, pero sí tomó la decisión de abandonarle en 1922 cuando nació su única hija, Katia, fruto del adulterio con Catalina. Fue un abandono físico, pues la complicidad creativa siempre se mantuvo firme por conducto epistolar. Puede decirse que el amor al arte dramático les mantuvo siempre unidos, aunque, “En María las otras razones son pretextos, la verdadera motivación de su total entrega y renunciamiento a favor de Gregorio era el amor”(Rodrigo, 1992)

Como fuere, testimonio de la propia María  queda en la obra que escribió en 1953, Gregorio y yo. Medio siglo de complicidad, donde se encuentran afirmaciones como: “mi marido”, “mi compañero”, “no creo que exista en el mundo plenitud de exaltada paz que pueda compararse a la de trabajar en común con alguien que nos entiende y a quien creemos comprender” o, “ha sido uno de los seres con más perfecto dominio de sí mismo”. Sin hablar de lo íntimo y personal no duda en afirmar que no recuerda una sola palabra áspera de él. Sin embargo, fue la propia María, quien destapa la caja de los truenos una vez desaparecido el dramaturgo.

Por tanto, siendo los Martínez Sierra un claro ejemplo de simbiosis creadora, no queda más remedio que aludir a María aun cuando se habla de Gregorio, y viceversa, como puede verse en los argumentos que siguen, partiendo una frase del propio Martínez Sierra:  “sólo siendo enteramente justo se puede ser, por la única virtud de la justicia, absolutamente misericordioso”. Y es de justicia reconocer, que Gregorio Martínez Sierra no actuaba solo pues la mano de María estaba detrás, como afirmó el crítico teatral y artístico Díez-Canedo, uno de los primeros en reconocer lo que otros han negado.

Sabiendo que la autoría de las obras con firma Martínez Sierra es prolija en producción de todos los géneros, hay opiniones para todos los gustos respecto a esta controversia:

Sáinz de Robles  cuando ahonda en definiciones dice de María que su espíritu resultaba más viril que el delicado y sensible de don Gregorio, y con rotundidad añade sobre la reivindicación de la autoría de las obras: “me parece enteramente desprovista de buen tono, y aun de buen gusto” (Saiz de Robles, 1971).

Julio Cejador y Frauca escribe: “Dejemos a doña María con su reserva y, según su deseo, llamemos Martínez Sierra al autor de las obras en que ella ha participado tanto o más que su marido” (Cejador y Frauca, 1919).

Pedro González Blanco, escritor, crítico y amigo afirmó: “Gregorio Martínez Sierra jamás escribió nada que circulase con su nombre. Ya fuese novela, ensayo, poesía o teatro. Eso es algo que Juan Ramón Jiménez, Ramón Pérez de Ayala  y yo sabemos bien. Eso es algo que Usandizaga sabía muy bien; sabía que el libreto de Las golondrinas era de María. Turina sabía que el libreto de Margot era de María. Falla sabía que las directrices para los ballet de El sombrero de tres picos y El amor brujo eran de María… Pero quienes mejor lo sabían eran los actores, que siempre estaban nerviosos cuando salían de Madrid y en especial cuando viajaban por América: ¡El tercer acto que tiene que enviar doña María no ha llegado todavía y tendremos que suspender los ensayos! –decían” (W. O’Conor, 1987).

El argumento de Martínez Olmedilla es que “Andando el tiempo se supo que, efectivamente, detrás de Martínez Sierra había otro escritor: su esposa María de la O Lejárraga que, por un complejo de modestia, abnegación y cariño prefería quedar en el anonimato”(Martínez Olmedilla, 1961).

Y por finalizar con las pruebas que demuestran que la firma Martínez Sierra era cosa de dos, qué mejor que una carta de la propia autora a su hermano Alejando fechada en 1948 donde escribía: “De que soy colaboradora de todas las obras no cabe la menor duda, primero porque es así y, después porque lo acredita el documento voluntariamente firmado por Gregorio en presencia de testigos que aún viven y que dice expresamente: “Declaro para todos los efectos legales que todas mis obras están escritas en colaboración con mi mujer,  Doña María de la O Lejárraga y García. Y para que conste firmo ésta en Madrid a catorce de abril de mil novecientos treinta”. Además, aunque, después de esto, todo es superfluo, tengo numerosas cartas y telegramas que prueban no sólo mi colaboración sino que varias obras están escritas sólo por mí y que mi marido no tuvo otra participación en ellas que el deseo de que se escribiesen y el irme acusando recibo de ellas, acto por acto, según se los iba enviando a América o a España cuando yo viajaba por el extranjero. Las obras son de Gregorio y mías, todas, hasta las que he escrito yo sola, porque así es mi voluntad”.

Para concluir, sirva este pequeño homenaje, en el día del teatro, a la mujer y escritora que se mantuvo en la sombra pero que ahora tiene luz propia y da nombre a una de las más modernas bibliotecas de Madrid, donde se hallan sus propias obras.

En junio de 2017 se abrió en el barrio de Sanchinarro (Hortaleza) de Madrid, la Biblioteca María Lejárraga en su honor siguiendo con el compromiso de la Dirección General de Bibliotecas y el Ayuntamiento, de asignar nombres de figuras contemporáneas que hayan tenido especial trascendencia en el mundo de las letras.

 

BIBLIOGRAFÍA

Cejador y Frauca, Julio. Historia de la lengua y literatura castellanas.  Madrid : Tipografía de la Revista de Archivos, 1919.

García Mart, Victoriano. El Ateneo de Madrid (1835-1935), Madrid : Dossat, 1948.

Goldsborough Serrat, Andrés. Imagen humana y Literaria de Gregorio Martínez Sierra, Madrid : Gráf. Cóndor, 1965.

Martínez Olmedilla, A. Arriba el telón. Madrid: Aguilar, 1961.

Martínez Sierra, María. Gregorio y yo. Medio siglo de colaboración. Valencia : Editorial Pre-Textos, 2000.

Patricia W. O’Conor: Gregorio y María Martínez Sierra: crónica de una colaboración, Madrid, La Avispa, 1987.

Rodrigo Antonina. María Lejárrega: una mujer en la sombra. Barcelona : Círculo de Lectores, 1992.

Ruiz Ramón, Francisco. Historia del teatro español. Madrid : Alianza Editorial vol, 2, 1971.

Sáinz de Robles, Federico Carlos. Raros y olvidados. Madrid : Editorial Prensa Española, 1971.

W. O’Conor, Patricia. Gregorio y María Martínez Sierra: crónica de una colaboración.Madrid : La Avispa, 1987.

Los científicos de datos pasan el 80% del tiempo limpiando datos y el otro 20% protestando por tener que limpiarlos

La adopción generalizada por parte de todo tipo de organizaciones del uso y análisis intensivo de datos de negocio hace que sea indispensable disponer de datos limpios. Es por ello que los procesos y herramientas dedicados a la limpieza y preparación de datos son cada vez más importantes y necesarios en nuestras organizaciones.

Se suele decir que los científicos de datos pasamos el 80 por ciento del tiempo limpiando, preparando y re-organizando datos y tan solo un 20 por ciento analizandolos. Porque lo normal es que cuando te pongas a trabajar con datos de tu organización encuentres todo tipo de problemas que tienes que superar antes de poder analizarlos o empezar a entrenar tus modelos estadísticos. Algunos de estos problemas de limpieza incluyen:

● Variables que no utilizan la tipología correcta como fechas o números guardados como cadenas de texto.
● Problemas con la codificación de caracteres en distintos formatos como ASCII, UTF-8, UTF-16, UTF-32.
● Datos duplicados presentes en las bases de datos.
● Valores que necesitan normalizarse.
● Nombres de personas o lugares etc que necesitan pasar por un proceso de desambiguación.
● Valores no disponibles (missing values) tratados de diversas maneras.
● Campos multivalor sin separadores que permitan separar los valores.
● Falta de metadatos que documenten los datos con los que trabajas.

Por tanto, podemos definir la limpieza de datos como aquellos procesos mediante los cuales se detecta y corrige la información incorrecta, incompleta, imprecisa, sin normalizar o innecesaria.

Este tipo de limpieza de datos se puede acometer con diferentes herramientas y metodologías. Lenguajes de programación como R, Python son increíblemente potentes para todo tipo de procesos de limpieza pero tienen una curva de aprendizaje que no podemos menospreciar. Afortunadamente, en el mercado empiezan a proliferar multitud de herramientas que facilitan la limpieza de datos como puedan ser OpenRefine, Trifacta, Drake o DataCleaner.

Todas estas herramientas permiten hacer un análisis inicial exploratorio de los datos que te ayuda a entenderlos mejor. Te muestran los tipos de variables de las que partes, las frecuencias de los valores textuales, la distribución de las variables numéricas, los valores no disponibles o los duplicados. Otra funcionalidad común es la que permite hacer cambios masivos utilizando simples reemplazos o expresiones regulares avanzadas. Además, muchas de estas herramientas ponen a tu alcance de manera sencilla algoritmos de agrupación estadística capaces de detectar grupos de valores que puedan ser representaciones alternativas de un mismo concepto. Por ejemplo, podríamos encontrar Nueva York escrito como NY o nueva york o New York, etc. O nombres de persona con o sin tilde, por ejemplo: Luis Martinez y Luis Martínez.

El curso online “Limpieza y enriquecimiento de datos con Open Refine” planificado del 21 de marzo al 12 de abril pretende formar perfiles de trabajadores de datos que dominen las técnicas de limpieza y normalización masiva de datos.

La gesta de Antonia Gutiérrez Bueno, la mujer que abrió el paso a las mujeres en la Biblioteca Nacional de España

Hay nombres que todos deberíamos conocer; que merecen, por derecho propio, un lugar en la memoria de las gentes. De todas las gentes. Que merecerían el privilegio, o el honor, de ser nombrados por generaciones futuras con todas las letras. Igual que decimos Federico García Lorca, o Rosa Chacel, por poner un ejemplo, así también deberíamos decir con la misma familiaridad otro nombre: Antonia Gutiérrez Bueno. Porque gracias a ella las mujeres pudimos pisar como usuarias, por primera vez, la Biblioteca Nacional de España, allá por 1837.

Cuando dicho organismo llevaba más de un siglo de existencia, a las mujeres solo les estaba permitido entrar los días extraordinarios y de visita, no fueran a molestar a los hombres que andaban por allí para la lectura o la investigación. Pero hete aquí que Antonia Gutiérrez Bueno quería entrar. Necesitaba entrar y documentarse para completar un Diccionario histórico y biográfico de mugeres célebres (sic) del que ya había publicado un volumen, bien es verdad que no con su nombre, sino con el de Eugenio Ortazán y Brunet. No voy a entrar aquí a recordar por qué tantas mujeres que escribían tenían que servirse de un seudónimo masculino para publicar, ni cuántas habrá que hicieron como María Lejárraga, por ejemplo (ella escribía y su marido se llevaba los honores), y de las que ni siquiera nos habremos enterado, sino en qué particularidades tenía Antonia Gutiérrez para lograr lo que logró.

Diccionario histórico y biográfico de mugeres célebres de Antonia Gutiérrez Bueno en la Biblioteca Nacional

De ella sabemos que era la tercera de tres hermanas; que era hija de Mariana Aoiz (o Ahoiz) y de Pedro Gutiérrez Bueno, hombre de ciencia y Boticario Mayor del Rey. Que desde niña tuvo acceso libre a la gran biblioteca que había en su casa e incluso que su padre frecuentó a Moratín, quien al parecer la llamaba de niña Marie Toinette Bonus. No sabemos qué aspecto tenía y cómo empezó a escribir su Diccionario…. Es posible que el hecho de haber vivido con su marido en Francia le hiciera ver las cosas un poco distintas de cómo se veían entonces en España, pero no hay que olvidar que París, pese a ser quizá la capital cultural de entonces, tenía también un arduo trabajo pendiente en lo relativo a los derechos de las mujeres (recuérdese, sin ir más lejos, lo que hubo de luchar Marie Curie para entrar en La Academia de las Ciencias setenta años después). Pero estábamos en que Antonia necesitaba entrar como usuaria en la Biblioteca Nacional y se encontró con un capítulo de las Constituciones de dicho organismo, de 1761, que decía que estaba prohibido el acceso a “muger alguna en horas de estudio, pues para ver la Biblioteca podrán hir” (sic) en los feriados con permiso del Bibliotecario Mayor. Había cumplido 56 años, estaba viuda y había vuelto definitivamente a España. En su haber tenía, además de la publicación del mencionado volumen de su Diccionario, un estudio sobre el cólera.

No tenemos noticia de cuántos noes recibió antes de dirigirse a altas instancias y conseguir que la reina regente intercediera, pero afortunadamente se conserva esta última correspondencia en los archivos. Para empezar, la carta que la propia Antonia dirigió al Ministerio de la Gobernación, con fecha 12 de enero de 1837: “Estando publicando una obra con el título “Diccionario…” (…) y siéndole difícil y aún imposible, a causa de sus circunstancias procurarse los libros que necesita para continuar su obra, la que va recibiendo bastante aceptación del público, a V.E. suplica se sirva dar a la exponente un permiso para concurrir a la Biblioteca Nacional, donde podrá hallar todos los libros que necesita para continuar su trabajo”.

El director de la institución, preguntado por el ministerio sobre el asunto, recordó en primer lugar el prohibido acceso femenino a la sala de lectura. Después ofrecía a la solicitante, condescendiente, una pequeña sala en la planta baja. Pero al instante añadía que era minúscula y que si se corría la voz y otras mujeres, más de cinco o seis, pretendiesen “aprovecharse de este beneficio”, eso implicaría un gasto nada desdeñable. Entonces fue la Reina Regente, María Cristina, quien tomó parte en el conflicto con un mensaje claro: “Permita V.S. la entrada en la sala baja que indica no sólo a Mª Antonia Gutiérrez, sino a todas las demás mujeres que gusten concurrir a la Biblioteca”. Para dejarlo aún más claro añadía: “En caso de que afortunadamente el número de estas exceda de cinco o seis, lo haga usted presente, manifestando el aumento de gasto que sea indispensable”.

Y así fue como Antonia Gutiérrez Bueno consiguió no sólo entrar como usuaria a la Biblioteca Nacional, sino que dicha puerta se abriera para siempre a las féminas un año después, en 1838. Aún faltaba mucho para ver trabajando a la primera española bibliotecaria (Angelita García Rives, en 1913 ), o a María Moliner, pero hay algo inmenso en su proeza y nunca sabremos si ella fue consciente de ello o le pareció algo natural. En todo caso, podemos imaginar su regocijo en ese salón que primero ocupó en solitario, aunque tampoco conocemos quién fue la siguiente mujer que allí llegó, ni cuánto tardó el habitáculo en hacerse pequeño y hacer urgente la necesidad de un espacio mayor (y de un gasto, mal que le pesase al entonces director de la Biblioteca Nacional, Joaquín María Patiño). Nadie se lo preguntó, o por lo menos no consta en ningún lugar. Porque en la época eso no llamó la atención, o no se consideró digno de figurar en fuente alguna.

Antonia no completó nunca el Diccionario, y tampoco está clara la razón, pese a que murió mucho más tarde, a los noventa y tres años. Hay quien piensa que quizá la elaboración de esa obra fuera solo un pretexto para reclamar el acceso a la Biblioteca. Puede ser, pero quizá el cansancio, o la desazón, acabaran minando su voluntad, no en vano la investigación sobre mujeres del pasado debía de ser entonces harto difícil y laboriosa. En todo caso, es difícil que alguna vez imaginara que, dos siglos después, periodistas y estudiosos la alabarían y que, cualquiera que quiera investigar hoy sobre mujeres pioneras en España, sabe de Antonia Gutiérrez Bueno y de su gesta.

Visita de los socios de SEDIC a la Real Academia de la Jurisprudencia y Legislación

El pasado 11 de diciembre se realizó una nueva visita organizada por SEDIC a la Biblioteca de la Real Academia de la Jurisprudencia y Legislación, ubicada en la calle Marqués de Cubas, muy cerca de instituciones como el Banco de España, el Círculo de Bellas Artes,  el Instituto Cervantes, entre otros.

La Directora de la biblioteca, Carmen Crespo, fue nuestra guía. En primer lugar, pudimos hacer un recorrido por el edificio histórico que hoy alberga esta academia. Desde su creación en 1730, la Real Academia de la Jurisprudencia había estado en diversas sedes, hasta 1905 donde se instaló definitivamente. De su edificio, un palacio diseñado y construido en el año 1798 por el arquitecto Manuel Martín Rodríguez, sobrino y discípulo de Ventura Rodríguez, destaca el Salón de Actos con una trabajada cubierta de cristal, balconcillos y un óleo del rey Carlos III, que dictó la Real Cédula en 1763 por la que se dota a la Academia de Jurisprudencia de su primera regulación oficial.

La Real Academia de Jurisprudencia y Legislación de España tiene como fines la investigación y la práctica del Derecho y de sus ciencias auxiliares, debiendo, además, contribuir a las reformas y progresos de la legislación española. Para ello cuenta con una biblioteca  excepcional, cuyos fondos datan desde el siglo XVI hasta la actualidad. Las colecciones  reunidas en esta biblioteca pertenecieron a las academias precedentes, aunque el origen de la colección actual se encuentra en  los libros procedentes de la Academia de la Purísima Concepción que en el año 1838 pasó a llamarse Academia Matritense de Jurisprudencia y Legislación y en 1882 la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación.

Cabe destacar el depósito de la biblioteca, ubicado en una cámara acorazada, ya que el edificio que hoy alberga la Real Academia de la Jurisprudencia y legislatura, tuvo otros usos anteriormente, entre ellos fue caja de depósitos del Banco de España.

La materia principal de la colección es el derecho, aunque también destacan los fondos sobre la historia, la política y la filosofía. La mayoría de las obras son españolas, pero también se pueden encontrar obras en otras lenguas como el francés, italiano, inglés  y alemán. Entre las colecciones especiales destacan las publicaciones de la propia academia como son los discursos de los académicos, la inauguración del curso y las conferencias. También pertenecen a este fondo especial las publicaciones periódicas, entre ellas la revista titulada actualmente Estudios de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación, donde se recogen las ponencias presentadas por los académicos en los plenos semanales.

Otras colecciones destacadas son los folletos de los primeros años del s. XIX, correspondientes a la época de la Guerra de la Independencia, al reinado de Fernando VII y a los primeros años del de Isabel II y la colección de obras de Benedictus de Spinoza y tratados sobre el mismo.

La Biblioteca digital de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación, Iuris Digital, es de libre acceso y cuenta actualmente con más de 1.474 títulos, entre las que se destacan obras raras o únicas recogidas en  el Catálogo Colectivo del Patrimonio Bibliográfico, como folletos de los primeros años del XIX, las obras de autores que enlazan el movimiento ilustrado con las corrientes liberales del siglo XIX (Sempere y Guarinos, Manuel Lardizábal, Francisco Martínez Marina, Javier de Burgos, etc.), entre otras.

Gracias a las socias asistentes y esperamos veros pronto en una nueva visita de SEDIC.

 

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