El inmenso encanto de lo pequeño. Libros en miniatura: 2.000 años de ediciones minúsculas

Puede parecer absurdo que se publiquen libros con un tamaño tan reducido que leerlos se convierte en un ejercicio incómodo y, en ocasiones, imposible. Pero como el ser humano siempre ha querido realizar réplicas pequeñas de su entorno, son muchos los editores que se han dejado seducir por el encanto del formato diminuto. Su delicadeza y la dificultad en su realización hacen que estas pequeñas obras tengan un valor y un poder de atracción inversamente proporcional a su tamaño. 

Se cataloga de “libros en miniatura” aquellos volúmenes que no sobrepasan los 75 mm de alto. Aunque esta descripción cambia según los países. Así, en Europa y en gran parte de Hispanoamérica suelen aceptarse bajo esta denominación incluso las ediciones que alcanzan los 100 milímetros referidos a la mancha impresa; mientras que en los Estados Unidos, donde se encuentra la principal sociedad internacional de editores, coleccionistas y autores de mini libros (Miniature Book Society), sólo admiten como miniatura los que no sobrepasan los 75 milímetros referidos a su encuadernación.

La evolución del formato minúsculo

Los libros en miniatura han existido siempre. Plinio, en su Tratado de Historia, menciona la existencia de un manuscrito de La Iliada que cabía en una cáscara de nuez. Y son numerosos los ejemplares de tabletas de arcilla sumerias que no superan los 40 milímetros de tamaño. Igual que “los libros amuleto”, tan populares en las civilizaciones egipcia y etíope. O los “codicillus” (pequeños manuscritos) y “pugillare” (tablas de madera recubiertas de cera que se usaban en la antigua Roma como soporte para escribir), sustantivo latino derivado de “pugillus”, que a su vez es el diminutivo de “pugnus” (puño o mano cerrada), cuya etimología enfatiza que es de un tamaño tan diminuto que puede guardarse en la palma de la mano. 

Sin embargo, hace siglos no se reducían los libros con el ánimo de “conseguir el más pequeño todavía” sino por una cuestión práctica: su portabilidad. Los ejemplares minúsculos suponían un soporte pequeño y compacto en el que almacenar mucha información y poder transportarse con mayor comodidad y menor esfuerzo en una época en la que los medios de locomoción dejaban bastante que desear y los viajes se hacían interminables. 

En otras palabras, durante siglos, los libros en miniatura perseguían el mismo objetivo que las actuales tabletas, móviles y demás automatismos: albergar muchos datos en poco espacio.

Por otro lado, como la gran mayoría de los primeros libros eran de temática religiosa y tenían un importante elemento simbólico y espiritual, también se destinaban y diseñaban para ser llevados en la mano, enganchados a un cinturón o colgados del cuello, convirtiéndose en una especie de amuleto. De hecho, muchos devocionarios, libros de horas y breviarios redujeron su tamaño para hacer posible el tener sobre uno mismo la “palabra de Dios”… y de paso facilitar su manejabilidad y soportar su peso. Con ese espíritu, en la Alta Edad media se popularizaron los “libros de cintura”, que usaron fundamentalmente frailes y sacerdotes con el objetivo de poder orar ellos mismos en cualquier momento o como guía para adoctrinar a sus discípulos. 

En cuanto a los libros colgante hay ejemplos excepcionales. Uno de los más lujosos es el Credo de Carlos V, un precioso libro joya custodiado por el Museo Nacional de Artes Decorativas de Madrid; ó Las Misas de San Francisco y Santa Ana, que es el códice más pequeño que se conserva en la Biblioteca Vaticana.

Pero este principio de miniaturizar la palabra de Dios no sólo se utilizó con los textos católicos: los coranes, torás y demás libros sagrados de otras religiones fueron reducidos con el mismo fin. De hecho, es una tradición en muchas comunidades escolares islámicas realizar copias manuscritas en miniatura con versículos del Corán.   

Los mini almanaques y calendarios que tanto se popularizaron desde principios del siglo XVII en Inglaterra y a partir del XVIII en Francia, Alemania y Austria (y que no sólo contenían el santoral, las fiestas de guardar y los fechas señaladas del año sino que además ofrecían muchísima información práctica cotidiana y resúmenes históricos), también se realizaban en un tamaño pequeño tanto por lo efímero de su contenido como para ser portados en los bolsillos de los chalecos de los caballeros o en las limosneras de las damas. Tanto gustaban estos pequeños almanaques, que se convirtieron en el regalo de moda en aquellos tiempos. Se comercializaban en primorosos estuches, acompañados de una lupa de dimensiones proporcionales a los libritos, que a su vez se encuadernaban a todo lujo en piel, nácar, marfil, carey, plata, esmalte, seda… Convirtiéndose en verdaderas joyas.

A finales del siglo XVIII, la aparición de las teorías de Rousseau tuvo como una de sus consecuencias directas que se pensara en la educación de los niños también de manera lúdica. Empezaron entonces a publicarse libros de cuentos o didácticos destinados al público infantil en formato miniatura para hacerlos más atractivos a sus gustos y también más apropiados al tamaño de sus manos.

Hoy, sin embargo, el objetivo de los libros minúsculos se encamina más a valorar la habilidad en el proceso de fabricación y “miniaturización” tanto como en la belleza del producto acabado y su originalidad.

Personajes históricos seducidos por el formato diminuto

Ana Bolena (Kent, 1501-Londres, 1536) encargó un pequeñísimo libro de salmos en formato de joya. El librito en cuestión la acompañó de camino al cadalso y se lo entregó a su dama de compañía justo antes de su ejecución. Ahora se conserva en la Biblioteca Británica.

Napoleón Bonaparte  mandó formar una biblioteca portátil con sesenta títulos clásicos que se guardaba en una caja con forma de libro y que llevaba siempre a sus campañas militares.

Isabel I de Inglaterra (Greenwich, 1533-Richmond, 1603) llevaba siempre consigo un libro miniatura con oraciones traducidas al francés, griego, italiano y latín. 

Benjamín Franklin (Boston, 1706-Filadelfia, 1790) tenía su propia biblioteca portátil de viaje con libros minúsculos e incluso imprimió una versión reducida del almanaque de Poor Richard. 

Abraham Lincoln (Kentucky, 1809- Washington 1865) llevaba consigo un libro en miniatura de oraciones que le acompañó durante todo su recorrido como abogado en Illinois.

Eugenia de Montijo (Granada, 1826-Madrid, 1920), esposa de José Bonaparte, se convirtió en una ávida coleccionista de libros con una especial predilección por este apartado tan particular de la bibliofilia llegando a atesorar más de 2.000 ejemplares de formato minúsculo. Desgraciadamente fueron destruidos durante una revuelta política.

Theodore Roosvelt (Nueva Cork, 1858-Oyster bay 1919), vigésimo sexto presidente de los Estados Unidos, era tan aficionado a los libros en miniatura que, además de coleccionarlos, editó un librito en este formato para promocionar su candidatura a las elecciones presidenciales de 1904. 

María de Teck (1867-1953), esposa del rey Jorge V del Reino Unido, fue propietaria de una maravillosa casa de muñecas, en la que destaca la biblioteca, que cuenta con 170 micro libros manuscritos por los mejores autores de la época, como Kipling o Conan Doyle, quienes crearon relatos inéditos para tal ocasión. 

Emily, Charlotte y Anne Brontë, durante su infancia y adolescencia, escribían relatos en libros en miniatura que confeccionaban ellas mismas y que ahora pueden verse en la Houghton Library.

Susana López del Toro

Periodista, miembro de la Miniature Book Society, gerente de la Biblioteca de Liliput

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